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domingo, 24 de febrero de 2008

Nueva dirección Blog

Por motivos de comodidad, espacio y un mejor estilo cambio de blog...

La nueva direccion es: http://wizarddreams.mundoutopico.com

Gracias a todos los que han ayudado a la construccion de este espacio.

Bye

lunes, 4 de febrero de 2008

Amor Caotico


Rechazó estos pensamientos y se acercó tambaleándose a la puerta
más cercana. Pero antes de que pudiese llamar, se abrió la más
lejana, brotó de ella una luz fría y apareció la silueta de un alto personaje
en el umbral.

—Cyllan —La voz de Tarod era suave, débilmente curiosa—.
¿Qué te trae por aquí?
Ella respiró hondo, pero apenas podía hablar; había pagado el
precio de la subida y estaba agotada.
— Drachea... — murmuró, medio atontada—. Está enfermo... he
venido..., he venido a buscar ayuda...
De pronto se tambaleó, y Tarod se acercó a ella y la tomó de un
brazo.
— ¡Al diablo con Drachea! ¡Creo que eres tú la que necesita
ayuda! Vamos, entra.

Cyllan se apoyó en él, incapaz de sostenerse, y él la condujo
amablemente a través de la puerta. La luz, aunque débil, cegó a Cyllan
después de la terrible oscuridad de la escalera. Aunque deslumbrada,
creyó vislumbrar una habitación pequeña y atestada, y Tarod la llevó
hasta un diván y ella, agradecida, dejó que sus piernas se doblasen
hasta que se encontró medio sentada y medio tendida entre los almo
hadones. Poco a poco su visión se fue adaptando y fue recobrando el
aliento, hasta que pudo mirar a Tarod, que estaba sentado observándola.

— ¿Te has recobrado? — preguntó él.
—Sí..., sí, bastante. — Sus miradas se cruzaron—. Gracias.
El inclinó ligeramente la cabeza.
— Conque Drachea no se encuentra bien, y tú has subido a esta
gran altura para buscarme. Eres muy fiel, Cyllan. Espero que el joven
heredero del Margrave sepa apreciar tu amistad.
Su tono la irritó.
—Cualquiera habría hecho lo mismo —dijo.
—Lo dudo. ¿Cuál es su mal?
Ella sacudió la cabeza.
— No lo sé... Le encontré tumbado en la escalera principal. Estaba
casi inconsciente y... ¡en un estado terrible! No sé lo que le llevó a
esta condición, pero estaba... Sus manos, sus ojos...

Se esforzaba en encontrar la manera de explicárselo, pero se interrumpió
al ver la expresión del semblante de Tarod.
No mostraba sorpresa, ni siquiera interés, y una débil y maliciosa
sonrisa torcía las comisuras de los labios.
Él vio que le estaba observando, vio que empezaba a comprender,
y dijo llanamente:

— Drachea tiene la costumbre de meterse en dificultades. Y si es
lo bastante imbécil para robar lo que no le pertenece, debería pensar
en las consecuencias.

La inquietante sospecha se convirtió de pronto en dolorosa certidumbre
en la mente de Cyllan. Tarod había sorprendido a Drachea
cuando éste trataba de devolver los documentos comprometedores al
estudio del Sumo Iniciado... Poco a poco, se puso de pie.

—Tú... —Tenía un nudo en la garganta—. Tú le hiciste eso.
Tarod la miró fríamente.
—Sí. Yo se lo hice.
Ella lo sabía ya; sin embargo, oír que Tarod confesaba la verdad
con tanta indiferencia, era aún más impresionante. Todas sus dudas y
su confusión se borraron de pronto de su mente, y sólo sintió asco.
— ¡Dioses! — Escupió la palabra—. ¡Eres un monstruo!
Tarod suspiró.
—Ciertamente. Un monstruo cruel, que hace voluntariamente estragos
en las mentes y los cuerpos de víctimas inocentes. —Tenía un
brillo acerado en los ojos—. ¡No comprendes nada!
—Sí que comprendo — replicó ella, con voz temblorosa—.
¡Comprendo demasiado bien lo que eres! Contarme tu hazaña sin el
menor remordimiento; reaccionar como si no significase nada, enorgullecerte
de ella...
— ¿Enorgullecerme? — Se puso de pie con tanta rapidez que ella
se echó instintivamente atrás—. Muy bien; completaré el retrato que
has hecho de mí, ¡ya que me conoces tanto! No tengo conciencia, no
tengo moral; soy lo que ves en tu propia mente, Cyllan. Me gusta
atormentar a los otros por el placer que obtengo de ello, ¡es por lo
único que vivo! — Se dominó y añadió, con controlada furia—: ¿Estás
satisfecha?
La estaba desafiando, incitándola a plantarle cara, y un sentimiento
de rebeldía hizo que Cyllan no diese su brazo a torcer.
—¡Si! —le replicó furiosa—. Estoy satisfecha, Tarod, por que esto
me demuestra que Drachea tenía razón y yo estaba equivocada. Tú
eres el mal, ¡y sé de dónde procede tu maldad!
Y, desafiadoramente, hizo la Señal de Aeoris delante de su cara.

Drachea se lo había dicho... Con la rapidez de un gato, Tarod levantó
una mano y le agarró la muñeca. Su propia cólera iba en aumento,
con tanta rapidez que apenas podía dominarla. Ella lo sabía... y le
había condenado, como habían hecho los otros, sin reflexionar, como
él sabía que haría. De pronto, otra cara suplantó a la de Cyllan en su
mente; una cara noble, hermosa, de ojos límpidos que ocultaban el
corazón calculador y egocéntrico que había detrás de ellos. Quería
herir el alma que disimulaba aquella cara, tomarse la venganza a que
tenía derecho desde hacía tiempo...

Su visión se aclaró y ahora vio las finas facciones y los grandes
ojos ambarinos de Cyllan. La belleza había desaparecido, pero no el
orgullo. Cyllan tenía también bastante orgullo, pero era de una clase
diferente... y tenía el valor de echarle en cara lo que sabía, en vez de
herirle por la espalda.

Ella estaba inmóvil, vigilante y alerta, dispuesta a liberarse a la
menor oportunidad. Pero Tarod no se la daba. La presa sobre su muñeca
se apretó hasta que el dolor se manifestó en el semblante de Cyllan,
pero ésta no dijo nada. El podía haberle roto el brazo; podía
haberla matado con sólo chascar los dedos...

—Crees que me conoces —murmuró furiosamente él—, pero te
equivocas, Cyllan. ¡Te equivocas!
Ella se retorció tratando de liberarse; él la retuvo sin esfuerzo, pero
tuvo que combatir una oleada de pura y cruda emoción que estaba
surgiendo en su interior.
—¡No me equivoco! —El dolor se reflejaba en la voz de Cyllan,
y ésta respiraba con fuerza—. ¡Sé quién eres!
— ¿Lo sabes?
— ¡Sí! He visto los documentos, Tarod. Drachea me los leyó, ¡y
ahora sé por qué te vengaste con tanta crueldad! ¡Eres un miembro del
Caos!

Un miembro del Caos... Sus palabras dieron en el blanco, y el dique
que aguantaba la marea se rompió. Tarod sonrió de nuevo y, esta
vez, su sonrisa hizo que Cyllan se estremeciese de horror. Había ido
demasiado lejos..., él la mataría, y una parálisis de miedo agarrotó sus
músculos al prever el golpe final, fatal.

Pero no lo descargó. En vez de esto, Tarod se echó a reír como si
se tratase de una broma.
—El Caos —dijo suavemente—. No, Cyllan; esta vez no te equivocas.
— La atrajo hacia sí, hasta que el cuerpo de ella quedó apretado
contra el suyo y pudo sentir los rápidos latidos de su corazón—. Pero
andas... desencaminada.
Levantando la mano libre, apartó los pálidos cabellos de la cara
de ella. Gotas de sudor brotaban de su frente, y ahora pudo advertir
que estaba temblando. Había ira en su mente; quería golpear, vengarse,
y sin embargo, había más, mucho más, detrás de aquel impulso.
—No soy un demonio... —dijo, en tono ligeramente amenazador—.
Soy bastante humano.

Y antes de que Cyllan pudiese apartarse, inclinó la cara sobre la
de ella y la besó. Fue un beso violento, tomado, no pedido; y ella se
resistió con una fuerza que le sorprendió, retorciéndose en su abrazo y
arañándole. Era ágil y flexible como un gato, y su furiosa determinación
pulsó otra cuerda en Tarod. Él la besó de nuevo, esta vez más
sensualmente. Las nuevas sensaciones que le invadían le daban vértigo;
la venganza fue eclipsada por algo más fuerte y más apremiante, y
dejó completamente de pensar en Sashka.

Cyllan se desprendió desalentada, y sus miradas se cruzaron brevemente.
Los ojos ambarinos de ella echaban chispas. De pronto, con
una rapidez que casi pilló a Tarod desprevenido, Cyllan sacó la daga
del cinto y la levantó trazando un arco en el aire.
Con un movimiento reflejo, Tarod le hizo perder el equilibrio al
descargar ella el golpe, y la hoja centelleó a una pulgada de su hombro.
Con la mano izquierda agarró la muñeca derecha de Cyllan y la
retorció hasta que ella ahogó un grito involuntario; después apretó una
vez con el pulgar y el cuchillo se deprendió de su mano.

Cyllan le miró furiosa, jadeando. Podía tener miedo, pero no se
dejaba amilanar; Tarod comprendió que, a la menor provocación,
lucharía contra él como un animal salvaje, y esta constatación le provocó
una nueva descarga de adrenalina.
— Sabes manejar un cuchillo — dijo, entrecortadas sus palabras
por los sofocantes latidos del corazón—. Pero yo hace más tiempo que
tengo que luchar... ¡y sé defenderme! —Sonrió, mostrando los dientes—.
¿Puedes darme algo mejor, Cyllan?
Ella sacudió enérgicamente la cabeza.

Los ojos verdes que se fijaban en los suyos parecieron inflamarse
de pronto, y Cyllan sintió que su voluntad flaqueaba ante la mirada
implacable de Tarod. Trató de resistir, pero se estaba debilitando; una
voz interior le recordó que no luchaba con un mortal ordinario, y el
miedo surgió de nuevo..., pero mezclado con lo que era un eco de
antiguos sentimientos que creía que había desterrado para siempre, un
deseo abrumador...

—Cyllan... —La voz de Tarod era sibilante, persuasiva; anulaba
sus defensas— ¿No tengo calor? ¿No tengo vida?
Ella trató de negarlo, pero no pudo articular las palabras. Las manos
de él sobre su piel eran reales, fisicas, y una necesidad largo tiempo
dormida dentro de ella respondió con una fuerza que no podía
combatir. Jadeó cuando los dientes de él rozaron su hombro, y la camisa,
ya desgarrada, dejó al descubierto su blanca piel.
—Tarod... no. Por favor, no...

La protesta quedó interrumpida cuando Cyllan se tambaleó hacia
atrás bajo una suave pero irresistible presión. Tropezó con el diván,
cayó; sintió el peso y la fuerza del cuerpo de Tarod sobre el suyo. Esta
vez, cuando él la besó, no pudo dejar de responderle. El terror daba
paso al deseo, y ya no podía seguir luchando contra él; ya no quería
luchar contra él.
Tarod levantó la cabeza. La luz salvaje de sus ojos fue de pronto
mitigada por una expresión que Cyllan no se atrevió a tratar de interpretar,
y él sacudió la cabeza, apartando un mechón de cabellos negros
de su cara. El gesto era tan humano que ella se sintió de nuevo confusa;
dijera lo que dijese el Círculo, fuera lo que fuese lo que había
hecho él, seguramente no era un demonio...

—Eres valiente —dijo suavemente—. Y eres honrada..., luchas
con nobleza. Podría vencerte fácilmente, Cyllan, y nada podrías contra
mi deseo..., pero no lo haré. Todavía conservo algún sentido del
honor... y tú no quieres rechazarme, ¿verdad? — Sus manos, ligeras y
frescas sobre su piel, apartaban las molestas prendas—. ¿Vas a hacerlo?
El cuerpo de Cyllan le respondía, contra su voluntad, atormentándola
con un deseo doloroso y largo tiempo reprimido que hacía que
tuviese ganas de llorar y de gritar, de apartarle y sin embargo retenerle
al mismo tiempo. Un gemido brotó de su garganta, y sus labios articularon
involuntariamente una sola palabra.
-No...

Gritó al sentir la famélica violencia de él al poseerla, pero Tarod
le impuso silencio besándola de nuevo y haciendo que cediese a pesar
de ella misma. Y después de la primera resistencia, hubo placer al
mismo tiempo que dolor; un fiero y tembloroso alivio cuando ella le
rodeó con sus brazos desnudos, echada hacia atrás la cabeza y mo r
diéndose el labio inferior hasta hacerlo sangrar. Volvió a luchar otra
vez contra él; pero él la tranquilizó y ella volvió a doblegarse debajo
de él.

Por fin, saciado su deseo, Tarod recorrió con las manos, lenta y
suavemente, el cuerpo de Cyllan, siguiendo la ligera curva de sus
senos. Ella yacía, quieta, en sus brazos y con los ojos fuertemente
cerrados, como si tratase de negar la verdad. Las lágrimas que se había
negado tercamente a verter brillaron ahora en sus oscuras pestañas, y
un sentimiento que podía ser de arrepentimiento despertó en Tarod.
Pronunció su nombre, y Cyllan abrió los ojos, expresando una
mezcla de incertidumbre y acusación y vergüenza. El quería decir
más, pero no pudo hacerlo. En vez de esto, levantó una mano e hizo
un ademán sobre ella.

Cyllan cerró de nuevo los ojos y su respiración se calmó, con el
ritmo ligero y regular propio del sueño. El no quería recriminaciones,
no ahora... Cuando el cuerpo de ella se relajó y comprendió Tarod que
se había sumido en la inconsciencia, la atrajo hacia sí y la besó ligeramente
en una pálida mejilla. Después la soltó de mala gana, se levantó
y cruzó la habitación hasta la estrecha ventana, reprimiendo los
pensamientos que amenazaban con apoderarse de él y romper las
barreras que había levantado contra sus ataques.

(El señor del tiempo, tomo II el proscrito pags. 120-125)

viernes, 11 de enero de 2008

El tintorero enmascarado Hákim de Merv


Por Jorge Luis Borges


A Angélica Ocampo

Si no me equivoco, las fuentes originales de información acerca de Al Moqanna, el Profeta Velado (o más estrictamente, Enmascarado) del Jorasán, se reducen a cuatro: a) las excertas de la Historia de los jalifas conservadas por Baladhuri, b) el Manual del gigante o Libro de la precisión y la revisión del historiador oficial de los Abbasidas, ibn abi Tair Tarfur, c) el códice árabe titulado La aniquilación de la rosa, donde se refutan las herejías abominables de la Rosa oscura o Rosa escondida, que era el libro canónico del Profeta, d) unas monedas sin efigie desenterradas por el ingeniero Andrusov en un desmonte del Ferrocarril Trascaspiano. Esas monedas fueron depositadas en el Gabinete Numismático de Teherán y contienen dísticos persas que resumen o corrigen ciertos pasajes de la Aniquilación. La Rosa original se ha perdido, ya que el manuscrito encontrado en 1899 y publicado no sin ligereza por el Morgenländisches Archiv fue declarado apócrifo por Horn y luego por Sir Percy Sykes.

La fama occidental del Profeta se debe a un gárrulo poema de Moore, cargado de saudades y de suspiros de conspirador irlandés.

LA PÚRPURA ESCARLATA

A los 120 años de la Hégira y 736 de la Cruz, el hombre Hákim, que los hombres de aquel tiempo y de aquel espacio apodarían luego El Velado, nació en el Turquestán. Su patria fue la antigua ciudad de Merv, cuyos jardines y viñedos y prados miran tristemente al desierto. El mediodía es blanco y deslumbrador, cuando no lo oscurecen nubes de polvo que ahogan a los hombres y dejan una lámina blancuzca en los negros racimos.

Hákim se crió en esa fatigada ciudad. Sabemos que un hermano de su padre lo adiestró en el oficio de tintorero: arte de impíos, de falsarios y de inconstantes que inspiró los primeros anatemas de su carrera pródiga. Mi cara es de oro (declara en una página famosa de la Aniquilación) pero he macerado la púrpura y he sumergido en la segunda noche la lana sin cardar y he saturado en la tercera noche la lana preparada, y los emperadores de las islas aún se disputan esa ropa sangrienta. Así pequé en los años de juventud y trastorné los verdaderos colores de las criaturas. El Ángel me decía que los carneros no eran del color de los tigres, el Satán me decía que el Poderoso quería que lo fueran y se valía de mi astucia y mi púrpura. Ahora yo sé que el Ángel y el Satán erraban la verdad y que todo color es aborrecible.

El año 146 de la Hégira, Hákim desapareció de su patria. Encontraron destruidas las calderas y cubas de inmersión, así como un alfanje de Shiraz y un espejo de bronce.

EL TORO

En el fin de la luna de xabán del año 158, el aire del desierto estaba muy claro y los hombres miraban el poniente en busca de la luna de ramadán, que promueve la mortificación y el ayuno. Eran esclavos, limosneros, chalanes, ladrones de camellos y matarifes. Gravemente sentados en la tierra, aguardaban el signo, desde el portón de un paradero de caravanas en la ruta de Merv. Miraban el ocaso, y el color del ocaso era el de la arena.

Del fondo del desierto vertiginoso (cuyo sol da la fiebre, así como su luna da el pasmo) vieron adelantarse tres figuras, que les parecieron altísimas. Las tres eran humanas y la del medio tenía cabeza de toro. Cuando se aproximaron, vieron que éste usaba una máscara y que los otros dos eran ciegos.

Alguien (como en los cuentos de las 1001 Noches) indagó la razón de esa maravilla. Están ciegos, el hombre de la máscara declaró, porque han visto mi cara.

EL LEOPARDO

El cronista de los Abbasidas refiere que el hombre del desierto (cuya voz era singularmente dulce, o así les pareció por diferir de la brutalidad de su máscara), les dijo que ellos aguardaban el signo de un mes de penitencia, pero que él predicaba un signo mejor: el de toda una vida penitencial y una muerte injuriada. Les dijo que era Hákim hijo de Osmán, y que el año 146 de la Emigración había penetrado un hombre en su casa y luego de purificarse y rezar le había cortado la cabeza con un alfanje y la había llevado hasta el cielo. Sobre la derecha mano del hombre (que era el ángel Gabriel) su cabeza había estado ante el Señor, que le dio misión de profetizar y le inculcó palabras tan antiguas que su repetición quemaba las bocas y le infundió un glorioso resplandor que los ojos mortales no toleraban. Tal era la justificación de la Máscara. Cuando todos los hombres de la tierra profesaran la nueva ley, el Rostro les sería descubierto y ellos podrían adorarlo sin riesgo —como ya los ángeles lo adoraban. Proclamada su comisión, Hákim los exhortó a una guerra santa —un djehad— y a su conveniente martirio.

Los esclavos, pordioseros, chalanes, ladrones de camellos y matarifes le negaron su fe: una voz gritó brujo y otra impostor.

Alguien había traído un leopardo —tal vez un ejemplar de esa raza esbelta y sangrienta que los monteros persas educan. Lo cierto es que rompió su prisión. Salvo el profeta enmascarado y los dos acólitos, la gente se atropelló para huir. Cuando volvieron, había enceguecido la fiera. Ante los ojos luminosos y muertos, los hombres adoraron a Hákim y confesaron su virtud sobrenatural.

EL PROFETA VELADO

El historiador oficial de los Abbasidas narra sin mayor entusiasmo los progresos de Hákim el Velado en el Jorasán. Esa provincia —muy conmovida por la desventura y crucifixión de su más famoso caudillo— abrazó con desesperado fervor la doctrina de la Cara Resplandeciente y le tributó su sangre y su oro. (Hákim, ya entonces, descartó su efigie brutal por un cuádruple velo de seda blanca recamado de piedras. El color emblemático de los Banú Abbás era el negro; Hákim eligió el color blanco —el más contradictorio— para el Velo Resguardador, los pendones y los turbantes.) La campaña se inició bien. Es verdad que en el Libro de la precisión las banderas del jalifa son en todo lugar victoriosas, pero como el resultado más frecuente de esas victorias es la destitución de generales y el abandono de castillos inexpugnables, el avisado lector sabe a qué atenerse. A fines de la luna de rejeb del año 161, la famosa ciudad de Nishapur abrió sus puertas de metal al Enmascarado; a principios del 162, la de Astarabad. La actuación militar de Hákim (como la de otro más afortunado Profeta) se reducía a la plegaria en voz de tenor, pero elevada a la Divinidad desde el lomo de un camello rojizo, en el corazón agitado de las batallas. A su alrededor silbaban las flechas, sin que lo hirieran nunca. Parecía buscar el peligro: la noche que unos detestados leprosos rondaron su palacio, les ordenó comparecer, los besó y les entregó plata y oro.

Delegaba las fatigas de gobernar en seis o siete adeptos. Era estudioso de la meditación y la paz: un harem de 114 mujeres ciegas trataba de aplacar las necesidades de su cuerpo divino.

LOS ESPEJOS ABOMINABLES

Siempre que sus palabras no invaliden la fe ortodoxa, el Islam tolera la aparición de amigos confidenciales de Dios, por indiscretos o amenazadores que sean. El profeta, quizá, no hubiera desdeñado los favores de ese desdén, pero sus partidarios, sus victorias y la cólera pública del jalifa —que era Mohamed Al Mahdí— lo obligaron a la herejía. Esa disensión lo arruinó, pero antes le hizo definir los artículos de una religión personal, si bien con evidentes infiltraciones de las prehistorias gnósticas.

En el principio de la cosmogonía de Hákim hay un Dios espectral. Esa divinidad carece majestuosamente de origen, así como de nombre y de cara. Es un Dios inmutable, pero su imagen proyectó nueve sombras que, condescendiendo a la acción, dotaron y presidieron un primer cielo. De esa primera corona demiúrgica procedió una segunda, también con ángeles, potestades y tronos, y éstos fundaron otro cielo más abajo, que era el duplicado simétrico del inicial. Ese segundo cónclave se vio reproducido en uno terciario y ése en otro inferior, y así hasta 999. El señor del cielo del fondo es el que rige —sombra de otras sombras— y su fracción de divinidad tiende a cero.

La tierra que habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son abominables porque la multiplican y afirman. El asco es la virtud fundamental. Dos disciplinas (cuya elección dejaba libre el profeta) pueden conducirnos a ella: la abstinencia y el desenfreno, el ejercicio de la carne o su castidad.

El paraíso y el infierno de Hákim no eran menos desesperados. A los que niegan la Palabra, a los que niegan el Enjoyado Velo y el Rostro (dice una imprecación que se conserva de la Rosa escondida), les prometo un Infierno maravilloso, porque cada uno de ellos reinará sobre 999 imperios de fuego, y en cada imperio 999 montes de fuego, y en cada monte 999 torres de fuego, y en cada torre 999 pisos de fuego, y en cada piso 999 lechos de fuego, y en cada lecho estará él y 999 formas de fuego (que tendrán su cara y su voz) lo torturarán para siempre. En otro lugar corrobora: Aquí en la vida padecéis en un cuerpo; en la muerte y la Retribución, en innumerables. El paraíso es menos concreto. Siempre es de noche y hay piletas de piedra, y la felicidad de ese paraíso es la felicidad peculiar de las despedidas, de la renunciación y de los que saben que duermen.

EL ROSTRO

El año 163 de la Emigración y quinto de la Cara Resplandeciente, Hákim fue cercado en Sanam por el ejército del jalifa. Provisiones y mártires no faltaban, y se aguardaba el inminente socorro de una caterva de ángeles de luz. En eso estaban cuando un espantoso rumor atravesó el castillo. Se refería que una mujer adúltera del harem, al ser estrangulada por los eunucos, había gritado que a la mano derecha del profeta le faltaba el dedo anular y que carecían de uñas los otros. El rumor cundió entre los fieles. A pleno sol, en una elevada terraza, Hákim pedía una victoria o un signo a la divinidad familiar. Con la cabeza doblegada, servil —como si corrieran contra una lluvia—, dos capitanes le arrancaron el Velo recamado de piedras.

Primero, hubo un temblor. La prometida cara del Apóstol, la cara que había estado en los cielos, era en efecto blanca, pero con la blancura peculiar de la lepra manchada. Era tan abultada o increíble que les pareció una careta. No tenía cejas; el párpado inferior del ojo derecho pendía sobre la mejilla senil; un pesado racimo de tubérculos le comía los labios; la nariz inhumana y achatada era como de león.

La voz de Hákim ensayó un engaño final. Vuestro pecado abominable os prohíbe percibir mi esplendor... comenzó a decir.

No lo escucharon y lo atravesaron con lanzas.



Fuente: http://ar.geocities.com/elspamesmierda/Borges/borges-1935-El_tintorero_de_Merv.htm1

lunes, 24 de diciembre de 2007

Las navidades de siempre...



Navidad para mi no es una época de plena alegría, en realidad es un momento nostálgico y de seguir reflexionando mas acerca del mundo, de mi mismo y de todo lo que me rodea. Una canción para llorar, una canción para pensar, una canción para soñar...una canción de navidad...

Sonata Arctica - Tallulah

Remember when we used to look how sun sets far away?
And how you said: "This is never over"
I believed your every word and I guess you did too
But now you're saying : "Hey, let's think this over"

You take my hand and pull me next to you, so close to you
I have a feeling you don't have the words
I found one for you, kiss your cheek, say bye, and walk away
Don't look back 'cause I am crying...

I remember little things you hardly ever do
Tell me why
I don't know why it's over
I remember shooting stars, the walk we took that night
I hope your wish came true, mine betrayed me

You let my hand go, and you fake a smile for me
I have a feeling you don't know what to do
I look deep in your eyes and hesitate a while...
Why are you crying?

Tallulah, It's easier to live alone than fear the time it's over, oo-ooh...
Tallulah, find the words and talk to me, oh, Tallulah,
This could be... heaven

I see you walking hand in hand with long-haired drummer of the band
In love with her or so it seems, he's dancing with my beauty queen
Don´t even dare to say you hi, still swallowing the goodbye
But I know the feelings still alive, still alive

I lost my patience once, so do you punish me now
I'll always love you, no matter what you do
I'll win you back for me if you give me a chance
But there is one thing you must understand

Tallulah, It´s easier to live alone than fear the time it´s over
Tallulah, find the words and talk to me ,oh, Tallulah,
This could be...

Tallulah, It´s easier to live alone than fear the time it´s over
Tallulah, find the words and talk to me ,oh, Tallulah,
This could be...

domingo, 16 de diciembre de 2007

La Cancion de Beren y Luthien


Esta canción canta Aragorn a los hobbits en la cima de los vientos:

Las hojas eran largas, la hierba era verde,
las umbelas de los abetos altas y hermosas
y en el claro se vio una luz
de estrellas en la sombra centelleante.
Tinúviel bailaba allí,
a la música de una flauta invisible,
con una luz de estrellas en los cabellos
y en las vestiduras brillantes.

Allí llegó Beren desde los montes fríos
y anduvo extraviado entre las hojas
y donde rodaba el Río de los Elfos,
iba afligido a solas.
Espió entre las hojas del abeto
y vio maravillado unas flores de oro
sobre el manto y las mangas de la joven,
y el cabello la seguía como una sombra.

El encantamiento le reanimó los pies
condenados a errar por las colinas
y se precipitó, vigoroso y rápido,
a alcanzar los rayos de la luna.
Entre los bosques del país de los ellos
ella huyó levemente con pies que bailaban
y lo dejó a solas errando todavía
escuchando en la floresta callada.

Allí escuchó a menudo el sonido volante
de los pies tan ligeros como hojas de tilo
o la música que fluye bajo tierra
y gorjea en huecos ocultos.
Ahora yacen marchitas las hojas del abeto
y una por una suspirando
caen las hojas de las hayas
oscilando en el bosque de invierno.

La siguió siempre, caminando muy lejos;
las hojas de los años eran una alfombra espesa,
a la luz de la luna y a los rayos de las estrellas
que temblaban en los cielos helados.
El manto de la joven brillaba a la luz de la luna
mientras allá muy lejos en la cima
ella bailaba, llevando alrededor de los pies
una bruma de plata estremecida.

Cuando el invierno hubo pasado, ella volvió,
y como una alondra que sube y una lluvia que cae
y un agua que se funde en burbujas
su canto liberó la repentina primavera.
El vio brotar las flores de los elfos
a los pies de la joven, y curado otra vez
esperó que ella bailara y cantara
sobre los prados de hierbas.

De nuevo ella huyó, pero él vino rápidamente,
¡Tinúviel! ¡Tinúviel!
La llamó por su nom bre élfico
y ella se detuvo entonces, escuchando.
Se quedó allí un instante
y la voz de él fue como un encantamiento,
y el destino cayó sobre Tinúviel
y centelleando se abandonó a sus brazos.

Mientras Beren la miraba a los ojos
entre las sombras de los cabellos
vio brillar allí en un espejo
la luz temblorosa de las estrellas.
Tinúviel la belleza élfica,
doncella inmortal de sabiduría élfica
lo envolvió con una sombría cabellera
y brazos de plata resplandeciente.

Larga fue la ruta que les trazó el destino
sobre montañas pedregosas, grises y frías,
por habitaciones de hierro y puertas de sombra
y florestas nocturnas sin mañana.
Los mares que separan se extendieron entre ellos
y sin embargo al fin de nuevo se encontraron
y en el bosque cantando sin tristeza
desaparecieron hace ya muchos años.

(J.R.R. Tolkien- El señor de los anillos, la comunidad del anillo)

lunes, 3 de diciembre de 2007

Volveran las oscuras golondrinas


RIMA LIII

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres...
¡esas... no volverán!.

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.

Pero aquellas, cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día...
¡esas... no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido...; desengáñate,
¡así... no te querrán!

(De Gustavo Adolfo Becquer)

lunes, 19 de noviembre de 2007

UN HOMBRE




Los que no habéis llevado en el corazón el tumulo
/de un Dios
ni en las manos la sangre de un homicidio;
los que no comprendeis el horror de la consciencia
/ante el universo,
los que no sentis el gusano de una cobardia
que os roe sin cesar las raices del ser,
los que no merecen ni un honor supremo
ni una suprema ignonimia.

Los que gozais las cosas sin impetus ni vuelcos,
sin radiaciones intimas, igual y cotidianamente
/fáciles;
los que no devanaisa la ilusión del Espacio y el
/Tiempo,
y pensáis que la vida es esto que miramos,
y una ley, un amor, un ósculo y un niño.

Los que tomáis el trigo del surco rencoroso,
y lo coméis con manos limpias y modos apacibles;
los que decís: "está amaneciendo"
y no lloráis el milagro del lirio del alba.

Los que no habéis logrado siquiera ser mendigos,
hacer el pan y el lecho con vuestras propias manos
en los tugurios del abandono y la miseria,
y en la mendicidad mirar los días
con una tortura sin pensamiento.

Los que no habéis gemido de horror y de pavor,
como entre duras barras, en los abrazos férreos
de una pasión inocua,
mientras se quema el alma en fulgor iracundo,
muda, lúgubre,
vaso de oprobio y lampara de sacrificio universal:

Vosotros no podéis comprender el sentido
/doloroso
de esta palabra: ¡UN HOMBRE!

Porfirio Barba - Jacob